9°C, Mar 09 Feb 10 Edición # 1191
| Por Soleares |
![]() Polvos de viejos lodos De pronto los poblanos han empezado a sacar los trapitos al sol; fieles a la costumbre de la moda, no ha quedado ninguna familia que se sienta aludida en la película de Arráncame la Vida, aunque el 99.9 por ciento de los charlistas ni siquiera haya leído la novela de Ángeles Mastretta. Los poblanos guardamos durante muchas décadas en la memoria de familia los eventos de ese período que para algunos fue benéfico y para otros constituyó un cacicazgo que se extendió por muchos años, prácticamente hasta la caída de Gonzalo Bautista como gobernador interino; algunos autores consideran que la clase política avilacamachista, en cuanto al jefe Maximino, tuvo su sepultura al caer los gobiernos de Moreno Valle y Bautista. Pero la moda ahora es hablar del pasado, destapar, sacar del clóset de los recuerdos historias, chismes y versiones que acecharon muchos años el recuerdo de quienes vieron truncado su futuro o perdida su fortuna. Y junto con ello aparecen las otras versiones, no llevadas al cine de la etapa de Maximino en Puebla y las relaciones que fueron documentadas por los servicios de inteligencias norteamericanos. Hace un año apareció otro libro, producto de la investigación del periodista Juan Alberto Cedillo, “Los nazis en México” documentado en los informes secretos de la Embajada de Estados Unidos en México que fueron liberados conforme a la ley del país vecino.
Entre otros asuntos ahí se revela que el general Francisco Aguilar González, quien fuera agregado militar en la embajada mexicana en Washington y Alemania, junto con agentes nazis en México crearon el primer cártel del narcotráfico en México, “cuyo fin era cruzar drogas hacia los Estados Unidos”, el objetivo era invadir con droga las bases navales de sus enemigos en los puertos del Pacífico. De la consolidación de este primer cártel se encargaron varios políticos y funcionarios, encabezados por Gonzalo N. Santos y Donato Bravo Izquierdo (gobernador de Puebla) y que “además se beneficiaron del dinero del narcotráfico los gobernadores de Veracruz y Puebla, Miguel Alemán Valdés y Maximino Ávila Camacho, respectivamente”. El libro aporta información también sobre las aspiraciones presidenciales de Maximino, afirma que había un deseo por controlar al gobierno mexicano y para ello el magnate Alex Wenner-Gren y el actor Errol Flynn, ambos agentes del proselitismo nazi, “impulsaron la candidatura presidencial de Maximino Ávila Camacho”. Y lo hicieron al conformar un grupo de negocios que invirtió en un trust que buscaba el control de las materias primas fundamentales para la guerra, el grupo ofreció invertir 100 millones de dólares El autor Cedillo considera que los informes revelados por los servicios de inteligencia de la Embajada de Estados Unidos en México en aquella época permiten entender por qué se conformó un grupo de gobernadores que arribaron al poder dentro de una línea de derecha, influenciada sin duda por los agentes nazis que los formaron.
Apareció una actriz alemana, Hilda Kruger, quien coptó con su belleza a varios de los ministros de Manuel Ávila Camacho, entre otros a Ezequiel Padilla, amigo de Maximino, Mario Ramón Beteta y Miguel Alemán Valdés; todos ellos se dedicaron a ocultar y proteger las acciones de los agentes nazis en México, comandados por la bella actriz. Maximino volaba a Nassau a entrevistarse con el sueco Wenner-Gren, ahí se pactó el apoyo para hacerlo candidato a la Presidencia con el respaldo de los empresarios a cambio de permitir las actividades los nazis en México. El libro ofrece una copia del reporte del Departamento de Estado norteamericano que confirma las reuniones en 1941. Todo el proyecto se vino abajo en 1945 ante la inesperada muerte de Maximino a causa de un infarto mientras asistía a una reunión en Atlixco. El tema ha estado rodeado de leyendas, que si fue envenenado o que si realmente estaba enfermo del corazón. Cedillo afirma en su libro que los servicios de inteligencia ingleses se dedicaron a eliminar a los colaboradores de los alemanes en el mundo. Cuatro años antes William Rhodes Davis, el petrolero que vendía el crudo mexicano a a los alemanes falleció en circunstancias similares. Sin duda un libro que debe leerse, no en balde obtuvo el primer lugar en el Premio Debate de Libro Reportaje 2007. Y el secuestro de Jenkins Otro libro que no ha sido tomado en cuenta por los guionistas para el cine es el supuesto secuestro de William Jenkins. Las familias poblanas que estuvieron cerca del tema aún guardan recuerdos sobre los sucesos. Algunos apellidos prácticamente desaparecieron del firmamento por el grado de conocimiento de algunos hechos que elevaron la fortuna de Jenkins. José Orestes Magaña en su última investigación, “Puebla en la Bola” hace un recuento de los sucesos locales que rodearon el surgimiento de la Revolución Mexicana, un tema que había sido ya investigado por otros historiadores en cuanto al surgimiento de los capitales más importantes de la entidad. Pero la lectura de Puebla en la Bola me hizo reflexionar sobres estas historias urbanas que han quedado en el olvido para los nuevos poblanos. El señor Jenkins nació en 1878 y murió en 1963 dejando una fortuna enorme en favor de una fundación, la pregunta que se hicieron muchos en aquella época fue cómo lo hizo en un periodo de la historia mexicana rodeada de inestabilidad económica, como lo fue la Revolución. Relatan los historiadores que William Oscar Jenkins llegó a México en 1901 procedente de Tenessee y se empleó en la Fundidora de Monterrey y después en American Smelting. Una vez hubo reunido 13 mil pesos de sus ahorros se trasladó a Puebla, ésto le llevó 3 años, pues apareció como obrero en La Corona en 1904, empresa poblana, bonetera, donde después de laborar 8 años juntó el suficiente dinero para quedarse con ella. Jenkins era de religión metodista y se convirtió muy pronto en el tesorero de la Iglesia Metodista de Puebla. Su habilidad para los negocios lo llevó a estar ligado a los más importantes personajes de la historia en México y en Estados Unidos, tanto que fue nombrado Cónsul de su país en Puebla. Su desarrollo más importante como empresario lo hace entre 1912 y 1919, una etapa donde la industria textil poblana tuvo muchos fracasos; él mismo calculó su fortuna personal en 1919 en 6 millones de pesos. Algunas leyendas negras sobre cómo formó su capital se refieren a que de pronto heredó una fortuna de su madre en Estados Unidos, versiones que no coincidían con las razones de por qué llegó a México a trabajar como obrero; otra leyenda señala que Jenkins era un agiotista, un prestamistas asociado a grupos judíos y que eso le permitió en la etapa revolucionaria aumentar su capital. Pues bien, una mañana de 1919 Jenkins recibió la visita del general Federico Córdova, al frente de una partida zapatistas, pero no para saludarlo sino para secuestrarlo y pedir un rescate de 300 mil pesos. Era el momento en que Venustiano Carranza trataba de gobernar el país y sus relaciones con las compañías extranjeras no eran muy buenas debido a la operación de recaudación vía impuestos que había iniciado para fortalecer la economía del gobierno. Jenkins mantenía una buena relación con el entonces Secretario de Estado del gobierno de W. Wilson, Richard Lansing, un hombre tenebroso que protegía los intereses de las empresas petroleras asentadas en México y quienes desde los Estados Unidos financiaron una campaña para convencer al gobierno de Wilson de intervenir en México .
Como anécdota Lansing fue el autor de este texto, que ilustra mucho las consecuentes filantropías del señor Jenkins: “México es un país extraordinario, fácil de dominar porque basta con controlar un sólo hombre: el presidente. Tenemos que abandonar la idea de poner en la presidencia a un ciudadano americano, ya que esto llevaría otra vez a la guerra. La solución necesita más tiempo: debemos abrir a los jóvenes mexicanos ambiciosos las puertas de nuestras universidades y hacer el esfuerzo de educarlos en el modo de vida americano, en nuestros valores y el respeto al liderazgo de Estados Unidos. Con el tiempo esos jóvenes llegarán a ocupar cargos importantes, finalmente se adueñarán de la presidencia; entonces, sin necesidad de que Estados Unidos gaste un centavo o dispare un tiro, harán lo que queramos. Y lo harán mejor y más radicalmente que nosotros”. Pero volviendo al tema “los secuestradores” de Jenkins le permiten todo el tiempo mantener una correspondencia con su esposa, una de esas cartas fue interceptada por los servicios de inteligencia de la Embajada y en uno de los párrafos Jenkins escribía: “He leído en la prensa que son bandoleros los que me han plagiado, pero debe decirse que son rebeldes, pues de esa manera se podrá exigir el rescate”. El documento 141/53 corresponde al 20 de Octubre de 1919 y está en The National Archives en Washington. A estas alturas el lector habrá adivinado que lo que Jenkins buscaba era que el gobierno del Presidente Carranza se hiciera cargo del “rescate”. Semanas después algunos poblanos vieron a Jenkins en una de sus propiedades, el gobierno se enteró y lo mandó investigar; el acaudalado hombre de negocios dijo que se vio en la necesidad de dar una parte del rescate en metálico y firmar pagarés para que lo dejaran en libertad. Jenkins volvió a solicitar al gobierno de Carranza hacerse cargo de la deuda y mostró los pagarés, pero los investigadores de Carranza descubrieron que había dolo y datos extraños en el supuesto secuestro, así que Jenkins fue detenido bajo sospecha de haber inventado el secuestro, el arraigo domiciliario se le impuso y el detenido nunca usó sus derechos para pagar una fianza y poder salir de su domicilio, es decir se hizo el mártir. Mientras tanto Lansing seguía actuando para proteger los intereses de las petroleras y demás empresas norteamericanas que estaban asentadas en México. A tal grado llegó la presión que Carranza ordenó la liberación de Jenkins. Con el tiempo Álvaro Obregón le dio carpetazo al asunto y por supuesto pagó el dinero que Jenkins aseguró había desembolsado para obtener su libertad. Los intereses económicos de William O. Jenkins habían crecido, de una bonetera había pasado al jugoso negocio azucarero, adquirió el ingenio de Atencingo y luego otras cinco haciendas para formar la Compañía Civil e Industrial de Atencingo. La caña, como es sabido, produce alcohol y Atencingo se hizo famoso por la producción de cientos de miles de latas de alcohol de caña que tenía una alta demanda en el mercado estadounidense ante la Ley Seca que prohibía la producción de bebidas alcohólicas. En Puebla todo mundo sabía a dónde iban a parar las latas de Atencingo, a Estados Unidos por supuesto. ¿Y cómo lo hacían? Pues siguiendo las conexiones y logística que habían desarrollado los socios de Donato Bravo Izquierdo y Gonzalo N. Santos. En la década de los 30, Jenkins inspiraba o temor o respeto entre la sociedad poblana y por supuesto entre los gobiernos. Quien se oponía a su deseo terminaba mal, los historiadores citan el caso del líder campesino Teodoro Sánchez, asesinado en 1954, aunque nunca se investigó ni encontró responsabilidad en Jenkins, pero todo eso eran las historias de familia que se contaban en secreto. Años después le interesó el negocio del cine, así que compró el Banco Cinematográfico, construyó los Estudios Churubusco y 250 salas de cine con lo que se adueñó del 80 por ciento de los cines de todo el país. Estas son dos historias de dos personajes importantes de Puebla. Las familias de antes tenían prohibido tocar estos asuntos delante de personas ajenas, era un secreto que comprometía a quien lo divulgara. Tal vez con la aparición de la película Arráncame la Vida, empiecen a aparecer otros asuntos de las leyendas urbanas de Puebla. Tal vez algún día se cuente sobre los Alarcón, sus orígenes y la forma como hicieron dinero o de la muerte de Cienfuegos. De Cela para los puritanos Un atento y distinguido lector, asiduo a reflexiones culturales, me envió hace unos dos meses esta poesía de José Camilo Cela, a algunos les parecerá corriente y vulgar. Cela trascendió las fronteras por su preciso manejo del español, del castellano. Su actividad lo llevó también al escenario político, fue senador en las Primeras Cortes Generales de España y alguna vez un socialista le recriminó “Señor Cela está usted dormido”; Cela le respondió “No usted me está durmiendo” y el socialista le insistió “pues es lo mismo” a lo que Cela respondió irónicamente, “no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo y usted me está durmiendo”. No en balde José Camilo Cela fue Premio Nobel de Literatura.
Pues bien alguna vez este prolífico autor escribió sobre la donación de órganos en una forma muy irónica. Por favor mujeres y hombres moralistas que se escandalizan de todo aquello que violente su cerrazón, no lo lean: La Donación de mis órganos.... Quiero el día que yo muera poder donar mis riñones, mis ojos y mis pulmones. Que se los den a cualquiera. Si hay un paciente que espera por lo que yo ofrezco aquí espero que se haga así para salvar una vida. Si ya no puedo respirar, que otro respire por mí. Donaré mí corazón para algún pecho cansado que quiera ser restaurado y entrar de nuevo en acción. Hago firme donación y que se cumpla confío antes de sentirlo frío, roto, podrido y maltrecho que lata desde otro pecho si ya no late en el mío. La pinga la donaré y que se la den a un caído y levante poseído el vigor que disfruté. Pero pido que después se la pongan en un jinete, de esos que les gusta brete. Eso sería una gran cosa yo descansando en fosa y mi pinga dando fuete. Entre otras donaciones me niego a donar la boca. Pues hay algo que me choca por poderosas razones. Sé de quien en ocasiones habla mucha bobería; mama lo que no debía y prefiero que se pierda antes que algún comemierda mame con la boca mía. El culo no lo donaré pues siempre existe un confuso que pueda darle mal uso al culo que yo doné. Muchos años lo cuidé lavándomelo a menudo. Para que un cirujano chulo en dicha transplantación se lo ponga a un maricón y muerto me den por el culo. Camilo José Cela (En paz descanse, coño) De dulce, de chile y de manteca...
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