Mientras me caso
Mayo 27, 2009
De acuerdo con las Naciones Unidas, la educación es un derecho humano y constituye un instrumento indispensable para lograr los objetivos de la igualdad, el desarrollo y la paz. En México este derecho está garantizado en el artículo 3° Constitucional, que establece la obligatoriedad del Estado para impartir los servicios educativos hasta el nivel de secundaria; y, además, le obliga a promover otros tipos y modalidades educativas, entre las que se encuentran la educación superior.
La educación es uno de los ámbitos del desarrollo humano que presenta un sinfín de aristas y tópicos que es posible analizar desde el enfoque de género. De acuerdo con lo anterior, cuando se analiza la situación de las mujeres en la educación superior son inevitables algunas preguntas como: ¿tienen las mismas oportunidades que los hombres para acceder a ese nivel? ¿a qué disciplinas se orientan mujeres y hombres? ¿qué mecanismos influyen para orientar a las jóvenes hacia las funciones sociales y ocupacionales tradicionales?
Una de las frases que comúnmente se escuchaban y de alguna manera sintetizaba la percepción social acerca de la importancia de la educación para las mujeres, es la conocida “estudio…mientras me caso”. Afortunadamente dicha idea está quedando atrás, aún y cuando queda mucho por hacer para romper los diferentes estereotipos que definen la forma de ejercer este derecho por mujeres y hombres.
El acceso a la educación superior es aún un privilegio, ya que el porcentaje de quienes ingresan a este nivel, es bajo respecto al total de la población. De acuerdo con el II Conteo de Población y Vivienda, 2005, el porcentaje de jóvenes de 20 a 29 años que asiste a la escuela es de 14.7% para los hombres y 12.8% para las mujeres a nivel nacional. En Puebla este porcentaje es de 13.7% para los hombres y 11.6% para las mujeres. Visto al revés, en la entidad, 86 de cada cien hombres y 88 de cada cien mujeres jóvenes no tienen acceso a este nivel educativo.
Cabe mencionar que Puebla es la tercera entidad en cuanto a la población escolar en educación superior, ya que concentra 5.8% de la matrícula nacional, sólo superada por el Distrito Federal (16.3%) y el Estado de México (10.1%).
La incorporación de las mujeres a la educación superior, se aceleró a partir de la década de los setentas del siglo pasado, ya que de 1969 al año 2000 la matrícula se incrementó de 17% a 50% del total de estudiantes, respectivamente. De este modo, en 30 años se triplicó la población de mujeres en la educación superior (Bustos R., 2003).
Este incremento se explica, entre otros factores, debido a que se observó un cambio en las estrategias de las familias para sobrevivir o mantener su nivel de vida, que requirió el ingreso de las mujeres al mercado laboral. Sin embargo este ámbito puso como un requisito de ingreso, permanencia y promoción, el que las mujeres llegaran con formación académica. De hecho se ha señalado de manera reiterada que la educación –sobre todo la superior- es una condición indispensable para que las mujeres puedan competir en un mercado laboral segmentado por cuestiones de género.
Una segunda hipótesis acerca del incremento en la presencia de las mujeres en la educación superior alude al conjunto de evidencias que denotan una mayor eficiencia de parte de las mujeres en el terreno escolar, es decir, son mejores estudiantes según los indicadores convencionales de rendimiento.
Sin embargo, si se observa la situación por cada modalidad educativa destacan diferencias significativas que muestran la sutil diferencia que introduce el género como orientador de un deber ser y un ideal acerca de lo que socialmente se considera lo propio para las mujeres y los hombres.
De esta manera, en la modalidad de Técnico Superior los hombres superan la matrícula de las mujeres, ya que de cada 100 estudiantes 59 son hombres. En la licenciatura universitaria y tecnológica es en donde se observa prácticamente paridad en la matrícula (50.2% mujeres y 49.8% hombres). El ámbito de la educación normalista refleja el estereotipo de género que asocia lo femenino al rol de educadoras y cuidadoras de otros, ya que de cada 100 estudiantes, 71 son mujeres. Por último, es interesante destacar que en el nivel de posgrado la presencia en Puebla de las mujeres es mayor que la de los hombres, ellas representan 54.3% de la matrícula.
Lo que más se aproxima a la explicación de este último fenómeno –mayor participación de las mujeres en el nivel de posgrado-, es la necesidad que tienen las mujeres de adquirir niveles de especialización mayores que los hombres para aspirar a acceder al mercado del trabajo y, además, para su promoción en este medio.
Áreas de estudio y roles de género
Es en la elección de profesión y áreas de estudio que mujeres y hombres tienden a reproducir los patrones de género vigentes, por ello se afirma que pese a el ingreso mayor de mujeres a la educación superior, en comparación con los hombres, no implica que ha desaparecido la división de carreras femeninas y masculinas. Si bien, cada vez ingresan más mujeres a las diferentes áreas del conocimiento, todavía los porcentajes mayores se observan en letras, humanidades y ciencias sociales.
En los últimos años, particularmente a partir de la década de los noventa, las mujeres han incrementando su presencia en prácticamente todas las disciplinas y profesiones. No obstante, un fenómeno que llama la atención es que en ninguna de las áreas de conocimiento se observó un proceso similar, pero a la inversa, es decir, que los hombres incrementaran consistentemente su matrícula en las consideradas carreras “femeninas”. En otras palabras, los hombres no están siguiendo el mismo proceso de ruptura de estereotipos, las opciones para ellos siguen siendo las tradicionales, salvo la ampliación de opciones dentro de las mismas áreas.


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